Un productor citrícola de Entre Ríos resume con precisión el drama que vive el sector: cuando se analizan friamente las cifras, la respuesta es inequívoca: discontinuar. Su experiencia familiar, que se remonta a 1926, es un espejo de la crisis que atraviesa la naranja y la mandarina en Argentina.

La cifra que mejor sintetiza el deterioro es contundente: de 150 hectáreas en operación en décadas pasadas, la explotación hoy conserva 25. No se trata de un abandono gradual ni de cambios en preferencias del productor. Es, simplemente, lo que la economía permite sostener.

La pregunta que rodea cada decisión de los agricultores del sector es la misma: ¿vale realmente la pena seguir? Los números sugieren que no. Los ingresos generados por la venta de cítricos resultan insuficientes para cubrir los costos de producción y dejar un margen aceptable. Cuando se hace esa cuenta sin emotividad, la viabilidad desaparece.

Detrás de esta conclusión hay factores concretos que definen el presente del sector. El mercado de naranja y mandarina enfrenta un problema de exceso de oferta, lo que impide colocar la fruta a precios rentables. Mientras tanto, los gastos de mantener las plantaciones —fertilizantes, riego, mano de obra, mantenimiento de equipos— no bajan al ritmo que caen los ingresos.

El resultado es claro: la rentabilidad se desmorona. Para un productor que hereda una tradición de tres generaciones de trabajo en la tierra, la decisión de reducir escala o abandonar es particularmente dolorosa. Pero los números no mienten.

Historias como la de este productor entrerriano se repiten en la región. La citricultura argentina atraviesa una crisis profunda que obliga a los productores a cuestionamientos fundamentales sobre el futuro de sus explotaciones.

Imagen: Magda Ehlers / Pexels – Con informacion de Clarín Rural

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