Una crisis silenciosa pero devastadora se despliega en los campos ganaderos: los pumas atacan diariamente y arrasan con el ganado, obligando a los productores a replantear sus operaciones o abandonarlas directamente. Las víctimas incluyen ovejas, terneros y burros, diezmando de forma sistemática los rodeos de quienes viven de la cría.

Los ataques no son aislados sino recurrentes. Día tras día, los felinos penetran en las propiedades y causan pérdidas económicas irreparables. Hay casos documentados donde la devastación ha sido tal que apenas sobrevive un puñado de animales, haciendo inviable la continuidad del negocio ganadero.

Ante esta realidad extrema, los productores han tenido que ingeniar defensas propias. La construcción de jaulas y sistemas de protección se ha vuelto casi obligatoria para quienes desean mantener su ganado a salvo. Pero esta salida no está al alcance de todos, ya que demanda recursos que muchos criadores simplemente no poseen.

La otra consecuencia inevitable es la renuncia. Productores que llevaban años o décadas en la actividad están decidiendo cerrar sus operaciones ganaderas, incapaces de sostener una lucha desigual contra los depredadores.

Esta tensión entre la fauna silvestre y la producción agropecuaria expone una brecha en las políticas de manejo territorial. Los criadores resienten la ausencia de intervenciones estatales que permitan controlar las poblaciones de pumas y garantizar la viabilidad de la ganadería como fuente de sustento familiar.

Imagen: Vlad Nazarov / Pexels – Con informacion de Clarín Rural

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